{"id":2947,"date":"2017-06-01T11:44:00","date_gmt":"2017-06-01T09:44:00","guid":{"rendered":"https:\/\/instytutpolski.pl\/madrid\/?p=2947"},"modified":"2020-04-20T11:48:29","modified_gmt":"2020-04-20T09:48:29","slug":"varsovia-zakopane","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/instytutpolski.pl\/madrid\/2017\/06\/01\/varsovia-zakopane\/","title":{"rendered":"Varsovia-Zakopane"},"content":{"rendered":"\n<p>A las puertas casi del verano, este mes hemos decidido acercarnos a Kr\u00f3likarnia. Al sur del barrio Mokot\u00f3w, el museo queda rodeado por un fabuloso parque -ahora en pleno esplendor- donde el aroma del celindo nos lleva de paseo por copiosas tonalidades en verde plagadas de esculturas que brotan como los \u00e1rboles, de la propia tierra. El edificio, de inspiraci\u00f3n italiana dieciochesca coronado con una hermosa c\u00fapula palladiana, ha pasado por diversos avatares en su historia: desde ser la residencia de Tadeusz Kosciuszko en plena revoluci\u00f3n a finales del siglo XVIII a ser destruido nada m\u00e1s estallar la segunda gran guerra y siendo escenario conocido durante la insurrecci\u00f3n. Finalmente rehabilitado en los a\u00f1os 60, en la actualidad goza de un fin m\u00e1s grato como es el formar parte del Museo Nacional. Dedicado a Xawery Dunikowski, escultor tardo rom\u00e1ntico comparado en maestr\u00eda al propio Rodin, esta dependencia museo dedicado a la escultura acostumbra a realizar un programa variado, transversal, para nada convencional, que bien puede presumir de buena acogida por parte de p\u00fablico y cr\u00edtica tanto en sus exposiciones como &nbsp;en los conciertos, talleres, conferencias y actividades en su interior y en plein air.&nbsp;La exposici\u00f3n que ahora se muestra es una curiosa mezcolanza de artes, pasajes, combinaciones cronol\u00f3gicas, estil\u00edsticas e incluso cient\u00edficas cuyo eje conductor son las ciudades de Varsovia y Zakopane. Realizada en colaboraci\u00f3n con el museo de esta segunda ciudad al sur del pa\u00eds, en los montes Tatra, aglutina en sus salas desde arte tradicional pasando por carteler\u00eda, collage, v\u00eddeo, juguetes, mobiliario, pintura, bocetos, maquetas, fotograf\u00eda de diversas \u00e9pocas y estilos e incluso animales disecados, minerales y plantas aut\u00f3ctonas. Por descabezada que parezcan la amalgama, todo ha sido casado con toques muy acertados tanto por parte de Katarzyna Kucharka-Hornung, curadora de la muestra. &nbsp;Y es que Zakopane como regi\u00f3n, inspiraci\u00f3n, escenario, paisaje, escuela y, casi podr\u00edamos decir, modo de ver la vida, es algo que no se puede explicar con palabras. Sin embargo, el recorrido de esta exposici\u00f3n nos trae un aroma de todas esas vertientes que Zakopane lleva en su esp\u00edritu, un esp\u00edritu al que tanto debe la cultura polaca.&nbsp;El fragmento del gran lienzo nos recibe: se trata de un paisaje de Zakopane que en su d\u00eda mostr\u00f3 orgullosa la ciudad de Varsovia. Monta\u00f1as que nos inundan nada m\u00e1s pasar a la sala rodeadas con muestras de su ecosistema natural y arquitect\u00f3nico: aqu\u00ed, una maqueta de caba\u00f1a t\u00edpica, all\u00e1 unos minerales y plantas, y flanqueando al lienzo, un oso disecado y su versi\u00f3n en arte popular. Una vez impregnados de aromas, paisajes y sonidos, entramos en la primera sala donde la utop\u00eda, el paisaje como inspiraci\u00f3n cristaliza con lienzos decimon\u00f3nicos de vistas recreados en formas y colores confrontados con los siempre ingeniosos collages de Dziaczkowski, joven artista al que esas monta\u00f1as le arrebataron su talento prematuramente, a la edad de 27 a\u00f1os. En contraste, las utop\u00edas arquitect\u00f3nicas que emanaron como una especie \u00fanica de la cabeza de Leon Chwistek cuando por all\u00ed pasaba: un hotel a mitad entre lo pl\u00e1stico, modernista, ciencia ficci\u00f3n y rom\u00e1ntico, lo que este genio de la l\u00f3gica, la filosof\u00eda y la matem\u00e1tica proyect\u00f3 en esos parajes har\u00e1 ya casi m\u00e1s de una centuria.&nbsp;Pasamos luego a las alucinaciones, como en otro nivel de abstracci\u00f3n mayor durante el itinerario, de Witkiewicz (hijo, se entiende, aunque tambi\u00e9n el arte de su padre est\u00e9 presente), y sus fotos \u2013divertidas, picantes, por no decir gamberras- en esas monta\u00f1as, que fueron refugio durante la guerra para tantos artistas que, de paso, respiraron su aura. Zofia Stryjenska, la maestra por antonomasia del mural, del dise\u00f1o, de la carteler\u00eda, mediante una est\u00e9tica que supo cohesionar tan magistral y elegantemente el arte folkl\u00f3rico afrontando la mism\u00edsima vanguardia de frente sin renunciar a un marcado estilo personal, tiene tambi\u00e9n su puesto honor\u00edfico entre su apol\u00edneo fuego de ojos celestes y su elemento opuesto, el agua, de fortaleza profundamente femenina. Tambi\u00e9n a ella Zakopane la acogi\u00f3, y a su marido (el primero, aquel que le dio apellido y la encerr\u00f3 sin previo aviso por dos veces en un psiqui\u00e1trico) cuya figura como arquitecto, por brillante que fuera, queda en la historia replegado por ser marido de quien fue, en una comparativa que bien podr\u00eda llegar similar a la de Kahlo y Rivera. Son las fotos del pabell\u00f3n que dise\u00f1\u00f3 en 1925 para aquella exposici\u00f3n internacional de artes decorativas parisina las que representan a Karol Stryjenski si bien en dimensiones y paso por la historia as\u00ed como en el propio espacio dedicado en esta exposici\u00f3n, bien puede verse ese agravio comparativo que el tiempo a veces establece con justicia.&nbsp;Los escultores, an\u00f3nimos o de renombre, que salieron en la escuela de talla de madera de Zakopane tienen su sala completa dedicada: formas que lindan con el primitivismo rozan con segmentos de lenguajes cubistizantes. Las coincidencias pocas veces son fortuitas y en este caso, sorprenden por esa honestidad tan directa a la que tuvo que llegar toda la historia del arte para dar la vuelta, no sobre sus pies sino por todo el mundo, para llegar a un mismo punto de partida.&nbsp;M\u00e1s sorprendente resulta a\u00fan encontrar juguetes en madera dise\u00f1ados por Wladyslaw Hasior, el maestro de la escultura e instalaci\u00f3n m\u00e1s cruel y despiadada, de escenograf\u00edas que desgarran como afiladas cuchillas, mostrando aqu\u00ed una cara desconocida, amable, para un p\u00fablico ni intelectual ni snob ni sofisticado sino infantil. Todo eso coronado por v\u00eddeos de otro momento, de otra historia que, reconocemos, desconciertan en estilo y fondo sonoro acompa\u00f1ados de muebles de la \u00e9poca, que trascendieron a la ciudad, de vertiente acogedora, simp\u00e1tica, fantasiosa.&nbsp;El final rodeado de esculturas que como ents parecen avanzar en el espacio y alargarse hasta el techo son un punto y final en un recorrido sensorial m\u00e1s que exposici\u00f3n, en donde las l\u00edneas discursivas son tan multitudinarias que incitan a continuarlas, a enredarse y no querer salir de ellas una vez hemos ingresado. Para completar el periplo un contrapunto que m\u00e1s que eso es un gui\u00f1o, un \u201cesto no se acaba aqu\u00ed\u201c, un \u201ccontinuar\u00e1\u201c: &nbsp;el trabajo de Igor Omulecki, joven artista de refinado gusto en imagen, tem\u00e1tica y producci\u00f3n -como todo buen fot\u00f3grafo que se precie- pone la guinda al recorrido haciendo un homenaje que no lo es, llegando m\u00e1s lejos en el presente con un paisaje que anta\u00f1o, ahora y posiblemente siempre, ser\u00e1 fuente de inspiraci\u00f3n y refugio, pase lo que pase.&nbsp;In\u00e9s R. Artola<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A las puertas casi del verano, este mes hemos decidido acercarnos a Kr\u00f3likarnia. 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Al sur del barrio Mokot\u00f3w, el museo queda rodeado por un fabuloso parque -ahora en pleno esplendor- donde el aroma del celindo nos lleva de paseo por copiosas tonalidades en verde plagadas de esculturas que brotan como los \u00e1rboles, de la propia tierra. El edificio, de inspiraci\u00f3n italiana dieciochesca coronado con una hermosa c\u00fapula palladiana, ha pasado por diversos avatares en su historia: desde ser la residencia de Tadeusz Kosciuszko en plena revoluci\u00f3n a finales del siglo XVIII a ser destruido nada m\u00e1s estallar la segunda gran guerra y siendo escenario conocido durante la insurrecci\u00f3n. Finalmente rehabilitado en los a\u00f1os 60, en la actualidad goza de un fin m\u00e1s grato como es el formar parte del Museo Nacional. Dedicado a Xawery Dunikowski, escultor tardo rom\u00e1ntico comparado en maestr\u00eda al propio Rodin, esta dependencia museo dedicado a la escultura acostumbra a realizar un programa variado, transversal, para nada convencional, que bien puede presumir de buena acogida por parte de p\u00fablico y cr\u00edtica tanto en sus exposiciones como  en los conciertos, talleres, conferencias y actividades en su interior y en plein air. La exposici\u00f3n que ahora se muestra es una curiosa mezcolanza de artes, pasajes, combinaciones cronol\u00f3gicas, estil\u00edsticas e incluso cient\u00edficas cuyo eje conductor son las ciudades de Varsovia y Zakopane. Realizada en colaboraci\u00f3n con el museo de esta segunda ciudad al sur del pa\u00eds, en los montes Tatra, aglutina en sus salas desde arte tradicional pasando por carteler\u00eda, collage, v\u00eddeo, juguetes, mobiliario, pintura, bocetos, maquetas, fotograf\u00eda de diversas \u00e9pocas y estilos e incluso animales disecados, minerales y plantas aut\u00f3ctonas. Por descabezada que parezcan la amalgama, todo ha sido casado con toques muy acertados tanto por parte de Katarzyna Kucharka-Hornung, curadora de la muestra.  Y es que Zakopane como regi\u00f3n, inspiraci\u00f3n, escenario, paisaje, escuela y, casi podr\u00edamos decir, modo de ver la vida, es algo que no se puede explicar con palabras. Sin embargo, el recorrido de esta exposici\u00f3n nos trae un aroma de todas esas vertientes que Zakopane lleva en su esp\u00edritu, un esp\u00edritu al que tanto debe la cultura polaca. El fragmento del gran lienzo nos recibe: se trata de un paisaje de Zakopane que en su d\u00eda mostr\u00f3 orgullosa la ciudad de Varsovia. Monta\u00f1as que nos inundan nada m\u00e1s pasar a la sala rodeadas con muestras de su ecosistema natural y arquitect\u00f3nico: aqu\u00ed, una maqueta de caba\u00f1a t\u00edpica, all\u00e1 unos minerales y plantas, y flanqueando al lienzo, un oso disecado y su versi\u00f3n en arte popular. Una vez impregnados de aromas, paisajes y sonidos, entramos en la primera sala donde la utop\u00eda, el paisaje como inspiraci\u00f3n cristaliza con lienzos decimon\u00f3nicos de vistas recreados en formas y colores confrontados con los siempre ingeniosos collages de Dziaczkowski, joven artista al que esas monta\u00f1as le arrebataron su talento prematuramente, a la edad de 27 a\u00f1os. En contraste, las utop\u00edas arquitect\u00f3nicas que emanaron como una especie \u00fanica de la cabeza de Leon Chwistek cuando por all\u00ed pasaba: un hotel a mitad entre lo pl\u00e1stico, modernista, ciencia ficci\u00f3n y rom\u00e1ntico, lo que este genio de la l\u00f3gica, la filosof\u00eda y la matem\u00e1tica proyect\u00f3 en esos parajes har\u00e1 ya casi m\u00e1s de una centuria. Pasamos luego a las alucinaciones, como en otro nivel de abstracci\u00f3n mayor durante el itinerario, de Witkiewicz (hijo, se entiende, aunque tambi\u00e9n el arte de su padre est\u00e9 presente), y sus fotos \u2013divertidas, picantes, por no decir gamberras- en esas monta\u00f1as, que fueron refugio durante la guerra para tantos artistas que, de paso, respiraron su aura. Zofia Stryjenska, la maestra por antonomasia del mural, del dise\u00f1o, de la carteler\u00eda, mediante una est\u00e9tica que supo cohesionar tan magistral y elegantemente el arte folkl\u00f3rico afrontando la mism\u00edsima vanguardia de frente sin renunciar a un marcado estilo personal, tiene tambi\u00e9n su puesto honor\u00edfico entre su apol\u00edneo fuego de ojos celestes y su elemento opuesto, el agua, de fortaleza profundamente femenina. Tambi\u00e9n a ella Zakopane la acogi\u00f3, y a su marido (el primero, aquel que le dio apellido y la encerr\u00f3 sin previo aviso por dos veces en un psiqui\u00e1trico) cuya figura como arquitecto, por brillante que fuera, queda en la historia replegado por ser marido de quien fue, en una comparativa que bien podr\u00eda llegar similar a la de Kahlo y Rivera. Son las fotos del pabell\u00f3n que dise\u00f1\u00f3 en 1925 para aquella exposici\u00f3n internacional de artes decorativas parisina las que representan a Karol Stryjenski si bien en dimensiones y paso por la historia as\u00ed como en el propio espacio dedicado en esta exposici\u00f3n, bien puede verse ese agravio comparativo que el tiempo a veces establece con justicia. Los escultores, an\u00f3nimos o de renombre, que salieron en la escuela de talla de madera de Zakopane tienen su sala completa dedicada: formas que lindan con el primitivismo rozan con segmentos de lenguajes cubistizantes. Las coincidencias pocas veces son fortuitas y en este caso, sorprenden por esa honestidad tan directa a la que tuvo que llegar toda la historia del arte para dar la vuelta, no sobre sus pies sino por todo el mundo, para llegar a un mismo punto de partida. M\u00e1s sorprendente resulta a\u00fan encontrar juguetes en madera dise\u00f1ados por Wladyslaw Hasior, el maestro de la escultura e instalaci\u00f3n m\u00e1s cruel y despiadada, de escenograf\u00edas que desgarran como afiladas cuchillas, mostrando aqu\u00ed una cara desconocida, amable, para un p\u00fablico ni intelectual ni snob ni sofisticado sino infantil. Todo eso coronado por v\u00eddeos de otro momento, de otra historia que, reconocemos, desconciertan en estilo y fondo sonoro acompa\u00f1ados de muebles de la \u00e9poca, que trascendieron a la ciudad, de vertiente acogedora, simp\u00e1tica, fantasiosa. El final rodeado de esculturas que como ents parecen avanzar en el espacio y alargarse hasta el techo son un punto y final en un recorrido sensorial m\u00e1s que exposici\u00f3n, en donde las l\u00edneas discursivas son tan multitudinarias que incitan a continuarlas, a enredarse y no querer salir de ellas una vez hemos ingresado. Para completar el periplo un contrapunto que m\u00e1s que eso es un gui\u00f1o, un \u201cesto no se acaba aqu\u00ed\u201c, un \u201ccontinuar\u00e1\u201c:  el trabajo de Igor Omulecki, joven artista de refinado gusto en imagen, tem\u00e1tica y producci\u00f3n -como todo buen fot\u00f3grafo que se precie- pone la guinda al recorrido haciendo un homenaje que no lo es, llegando m\u00e1s lejos en el presente con un paisaje que anta\u00f1o, ahora y posiblemente siempre, ser\u00e1 fuente de inspiraci\u00f3n y refugio, pase lo que pase. In\u00e9s R. Artola"},{"@type":"ImageObject","inLanguage":"pl-PL","@id":"https:\/\/instytutpolski.pl\/madrid\/2017\/06\/01\/varsovia-zakopane\/#primaryimage","url":"https:\/\/instytutpolski.pl\/madrid\/wp-content\/uploads\/sites\/16\/2020\/04\/artesvisuales1.jpg","contentUrl":"https:\/\/instytutpolski.pl\/madrid\/wp-content\/uploads\/sites\/16\/2020\/04\/artesvisuales1.jpg","width":361,"height":270,"caption":"Un juguete dise\u00f1ado por W. 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